domingo, 3 de junio de 2012
Un cuento primitivo sobre pedido...
Fin de semana por fin, se sentaron juntos en el borde de la cama y encendieron la televisión. Como siempre, él acaparó el control remoto y sintonizó el futbol.
La crónica futbolística y los gritos de los espectadores en el estadio fueron sumiéndola en una especie de sopor, lo último que escuchó fue que él jaló la argolla de una cerveza en lata para destaparla y ponerse a tono con la emoción futbolera. Lo último que observó fue su mirada perdida que trascendía el tiempo y el espacio y festejaba el gol de Alexis Sánchez; eso fue todo, después se internó en su propio mundo onírico.
El partido de futbol terminó, para ese momento él miró la mesita de noche a su lado y se percató que había ya tres latas sin contenido y al otro lado, sobre su hombro una cabeza laxa, que por la profundidad de la respiración, se notaba que llevaba ya bastante tiempo en sueño profundo. Recordó en ese momento algo que ella le había dicho hace mucho tiempo, cuando se quedó dormida sobre su hombro la primera vez: “Uno solo puede cerrar los ojos frente a alguien en quien confía plenamente”. Sonrió recordando ese momento.
Con la mano libre tomó la cabeza y la acomodó sobre la almohada, ella no se inmutó en lo más mínimo. Él se giró para estar en consonancia con su respiración y con su sueño; la miró dormir unos minutos más y después puso la palma de su mano sobre la frente dormida, pronunció un encantamiento secreto que había descubierto años atrás, en un libro secreto de su abuela, que descendía de una famosa machi que había escrito sus conjuros más importantes y los había guardado a buen recaudo de mirones sin fundamento, aunque nunca tan bien guardado como para que el nieto no llegara hasta el secreto.
Después del conjuro levantó un párpado, como haciendo que subiera un telón; lo hizo con cuidado para que no despertara; así pudo ver qué era lo que estaba soñando. Y en el fondo de ese ojo se pudo ver a él mismo y a ella caminando sin zapatos sobre una playa de arena dorada. En momentos pisaban la espuma del mar y después regresaban a la arena. Ella, dentro de ese mundo de arena dorada le pedía que se quedara quieto un momento porque quería regalarle una palabra, que tenía que poner atención porque sería una palabra que le cambiaría toda la vida. En el sueño y en la vigilia se puso en alerta, quería escuchar la palabra, aunque en la vigilia no lo lograba, a pesar de que se acercaba y ponía el máximo de atención.
Ella sintió el roce de su cabello en la nariz y comenzó a moverse, el mundo onírico cerró en ese momento su puerta y ella abrió un poco los ojos, él terminó de despertarla haciéndola reír, así que un momento después se rieron juntos; ella no esperaba quedarse dormida y él no sabía cómo explicarle que había espiado su sueño.
Con energía repuesta ella se entusiasma y propone ir a bailar, aunque a él no le hace gracia la idea y le sugiere que vayan mejor a nadar; ella considera que es buena idea y nadan juntos en el inmenso océano de sus células; nadan tanto que después él se queda dormido, ella jugueteando con un mechón de su pelo.
Así que ella, pensando que él nunca se enteraría, cerró los ojos, colocó sus manos tapando ambos oídos, recordó un ensalmo que su vieja nana sabia le enseñó cuando era una niña y se encontró con él de nuevo, esta vez en mundo onírico de él.
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